Mi primera travesía
Si ahora mismo, a mis cuarenta y dos años, me preguntaran que es lo que más me gusta de la vida sin duda la respuesta sería: SENTIR. Creo que en mi vida a primado siempre la búsqueda de las sensaciones, de la libertad, de las sonrisas. He apostado fuerte en varias ocasiones y, por el momento, me ha salido siempre bien, o al menos, eso es lo que he querido ver. Pienso que el camino que seguimos cada persona en la vida está repleto de dilemas, de distintas opciones que aparecen en el camino y optamos por tomarlas, esquivarlas, postponerlas o definivamente ignorarlas. No es fácil tomar decisiones y nunca sabremos si las que tomamos son las mejores pero, sea como sea, son las decisiones que marcan nuestra existencia. Precisamente por eso, es tan importante elegir bien, desde las cuestiones más superficiales a las de más relevancia, elegir con la mente, pero sobretodo con el corazón, nos hace más sencillos, más humanos, más felices.
Las vacaciones son precisamente uno de esos dilemas que se plantean y que muchas veces optamos por aquello que realmente no nos llena, pero que, de un modo o de otro, elegimos teniendo en cuenta factores de comodidad, de rutina y de un modo sistemático y cerebral. Si realmente pensáramos en unas vacaciones especiales, en intentar buscar y encontrar esas sensaciones personales que tanto nos llenan, no habrían mayor número de separaciones durante la época estival, sino todo lo contrario, habría más intimadad, más respeto, más complicidad.
Cuando pienso en vacaciones inmediatamente me viene a la mente la primera vez que navegué con un pequeño velero desde Barcelona hasta Menorca. Se llamaba "Goridos" y el patrón es una persona a la que toda mi vida recordaré, Toni. Recuerdo el nerviosismo que sentía, las dudas que me asaltaban sobre sí me gustaría o no, sobre sí me marearía, sobre si me sentiría encerrada, miedo a lo desconocido, miles de dudas que se disiparon instantáneamente cuando me encontré con un mar inmenso rodeándome por todas partes, un mar en el que estábamos solos físicamente pero que, en ningún momento, te hace sentir sola sino todo lo contrario. Te acompañan todas las estrellas del mundo, en momentos concretos te acompañan los juguetones delfines, y durante toda la travesía te acompañas tu misma. Es un momento de encuentro precioso, un momento ideal para pensar. Lo “malo” de ésta experiencia es que te cambia la vida, te cambia la percepción del mundo civilizado, empiezas a pensar en lo pequeñitos que somos, en cómo y cuánto nos preocupamos por cuestiones absurdas, en lo equivocados que estamos al buscar ese bien tan preciado y deseado que se llama “felicidad”. ¡Todo es tan simple en el mar!
Empezaba bien mi semana de vacaciones. Sentía que estaba viviendo una experiencia especial porque yo me sentía especial. Al llegar a la isla no me apetecía salir del barco, quería seguir navegando, aunque lo que descubrí fueron unas playas desérticas en las que solo se podía acceder caminando varios kilómetros o, como nosotros, en barco. Esa primera noche fondeamos, nos preparamos el atún que habíamos pescado durante la travesía y tras la cena llegó una agradable sobremesa bajo la luna y un manto de estrellas. ¡Me sentía tan feliz!
Es indescriptible la sensación de despertarse por la mañana en el mar, en una pequeña cala, y aún con legañas en los ojos, tirarse al agua transparente y nadar un poco antes del desayuno. De hecho, casi todas las sensaciones que te aportan este tipo de vacaciones son únicas y además hay tantas alternativas que, hace que sean recomendables para todo tipo de personas. Si se busca animación nocturna se encuentra, si se busca tranquilidad también, si la idea es viajar con niños ellos tendrán tanta actividad que hace que lleguen a la hora de la cena agotados y, por otro lado, el aprendizaje que les otorga la experiencia es algo que jamás olvidarán.
Durante esa semana rodeamos toda la isla de Menorca, para mí siempre será la más especial de las Islas Baleares. No sé si por ser esa mi primera travesía o porque realmente es una tierra maravillosa. Las emociones continuaban cuándo desplegábamos las velas y conseguíamos mayor velocidad al mismo tiempo que aumentaba la sensación de la fuerza del viento, el sonido del mar, de las velas, el sabor de la sal y de los rayos del sol.
Es todo un reto el hecho de hacer las maniobras con las velas y comprobar que el barco responde. Todo el mundo puede aprender fácilmente y pocas personas hay que, habiéndolo probado una vez, no deseen repetir la experiencia.
Es por todo ello que, actualmente, mi vida va unida al mar y a la vela. Ahora soy yo, junto con mi pareja -de otro modo no sería posible para mí-, los que nos dedicamos a hacer de las vacaciones de los demás una experiencia que deseamos que sea única y especial. Disponemos de un velero que ofrece todas las comodidades de espacio, higiene, buenas comidas, seguridad y más confort que cualquier velero dado que tenemos la suerte de contar con espacios muy amplios, tanto en el interior como en la cubierta del barco.
Las vacaciones son precisamente uno de esos dilemas que se plantean y que muchas veces optamos por aquello que realmente no nos llena, pero que, de un modo o de otro, elegimos teniendo en cuenta factores de comodidad, de rutina y de un modo sistemático y cerebral. Si realmente pensáramos en unas vacaciones especiales, en intentar buscar y encontrar esas sensaciones personales que tanto nos llenan, no habrían mayor número de separaciones durante la época estival, sino todo lo contrario, habría más intimadad, más respeto, más complicidad.
Cuando pienso en vacaciones inmediatamente me viene a la mente la primera vez que navegué con un pequeño velero desde Barcelona hasta Menorca. Se llamaba "Goridos" y el patrón es una persona a la que toda mi vida recordaré, Toni. Recuerdo el nerviosismo que sentía, las dudas que me asaltaban sobre sí me gustaría o no, sobre sí me marearía, sobre si me sentiría encerrada, miedo a lo desconocido, miles de dudas que se disiparon instantáneamente cuando me encontré con un mar inmenso rodeándome por todas partes, un mar en el que estábamos solos físicamente pero que, en ningún momento, te hace sentir sola sino todo lo contrario. Te acompañan todas las estrellas del mundo, en momentos concretos te acompañan los juguetones delfines, y durante toda la travesía te acompañas tu misma. Es un momento de encuentro precioso, un momento ideal para pensar. Lo “malo” de ésta experiencia es que te cambia la vida, te cambia la percepción del mundo civilizado, empiezas a pensar en lo pequeñitos que somos, en cómo y cuánto nos preocupamos por cuestiones absurdas, en lo equivocados que estamos al buscar ese bien tan preciado y deseado que se llama “felicidad”. ¡Todo es tan simple en el mar!
Empezaba bien mi semana de vacaciones. Sentía que estaba viviendo una experiencia especial porque yo me sentía especial. Al llegar a la isla no me apetecía salir del barco, quería seguir navegando, aunque lo que descubrí fueron unas playas desérticas en las que solo se podía acceder caminando varios kilómetros o, como nosotros, en barco. Esa primera noche fondeamos, nos preparamos el atún que habíamos pescado durante la travesía y tras la cena llegó una agradable sobremesa bajo la luna y un manto de estrellas. ¡Me sentía tan feliz!
Es indescriptible la sensación de despertarse por la mañana en el mar, en una pequeña cala, y aún con legañas en los ojos, tirarse al agua transparente y nadar un poco antes del desayuno. De hecho, casi todas las sensaciones que te aportan este tipo de vacaciones son únicas y además hay tantas alternativas que, hace que sean recomendables para todo tipo de personas. Si se busca animación nocturna se encuentra, si se busca tranquilidad también, si la idea es viajar con niños ellos tendrán tanta actividad que hace que lleguen a la hora de la cena agotados y, por otro lado, el aprendizaje que les otorga la experiencia es algo que jamás olvidarán.
Durante esa semana rodeamos toda la isla de Menorca, para mí siempre será la más especial de las Islas Baleares. No sé si por ser esa mi primera travesía o porque realmente es una tierra maravillosa. Las emociones continuaban cuándo desplegábamos las velas y conseguíamos mayor velocidad al mismo tiempo que aumentaba la sensación de la fuerza del viento, el sonido del mar, de las velas, el sabor de la sal y de los rayos del sol.
Es todo un reto el hecho de hacer las maniobras con las velas y comprobar que el barco responde. Todo el mundo puede aprender fácilmente y pocas personas hay que, habiéndolo probado una vez, no deseen repetir la experiencia.
Es por todo ello que, actualmente, mi vida va unida al mar y a la vela. Ahora soy yo, junto con mi pareja -de otro modo no sería posible para mí-, los que nos dedicamos a hacer de las vacaciones de los demás una experiencia que deseamos que sea única y especial. Disponemos de un velero que ofrece todas las comodidades de espacio, higiene, buenas comidas, seguridad y más confort que cualquier velero dado que tenemos la suerte de contar con espacios muy amplios, tanto en el interior como en la cubierta del barco.
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